El tipo avanzaba por parajes oscuros, suburbios, por callejuelas entre negras y azules, humo, basura, ventanas chicas con rejas negras, basureros, diario en el piso, ratas, autos policiales, deshabitadas, iluminados por la luna y alguna luz de algún foco, iba vestido con su abrigo negro, guantes cortados, un gorro de copa, un bastón, botas, camisa blanca, y con un paso formidable. Lo hacían llamar Peter, Peter Gunn.
Peter, llamémoslo por su nombre, era un amante del homicidio, de la carne, de los cuerpos pintados con sangre, de cuchillas, pistolas, lo que sea. Y fue eso lo que lo llevó a deambular por lugares marginales en búsqueda de lo mismo, de la muerte, de ser parte de ella, de unirse, de consumar su amor con el final.
Y así fue como entró a un bar clandestino en donde se encontraban más de los suyos destrozándose, bebiendo alcohol y llorando, otros muertos, otros totalmente lúcidos, otros estrellándose contra la pared, otros comiendo vidrio, otros desmayados, otros drogados, otros riendo, otros bailando. El efecto fue inmediato, Peter comenzó a bailar desenfrenadamente y de fondo sonaba esta canción.
Peter, llamémoslo por su nombre, era un amante del homicidio, de la carne, de los cuerpos pintados con sangre, de cuchillas, pistolas, lo que sea. Y fue eso lo que lo llevó a deambular por lugares marginales en búsqueda de lo mismo, de la muerte, de ser parte de ella, de unirse, de consumar su amor con el final.
Y así fue como entró a un bar clandestino en donde se encontraban más de los suyos destrozándose, bebiendo alcohol y llorando, otros muertos, otros totalmente lúcidos, otros estrellándose contra la pared, otros comiendo vidrio, otros desmayados, otros drogados, otros riendo, otros bailando. El efecto fue inmediato, Peter comenzó a bailar desenfrenadamente y de fondo sonaba esta canción.
por Juan Pablo Tapia Robles









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